COMA: jESÚS DE NAZARET. GÉNESIS DE UNA CAUSA
La línea entre una Tierra abrumada por los acontecimientos y sus mundos paralelos es tan fina, que se confunden en el tiempo.
Capítulo I
Capitulo 1
El origen del todo
La conjunción de Júpiter con Saturno no pasó desapercibida para el hombre que miraba al cielo. Su mirada, inquieta y penetrante, escudriñaba aquel fenómeno que le producía una gran ansiedad. Iba a retirarse cuando se percató de que una luz brillante, que no tenía nada que ver con el fenómeno cósmico, destellaba de forma inusual. Algo le dijo en su interior que le invitaba a seguirle. Se dirigió atropelladamente hacia las escaleras y las bajó a saltos. A pesar de no ser un hombre joven, ya que tendría unos cincuenta años de edad, se adivinaba un cuerpo fibroso. Su tez era morena, propia de las razas orientales. Sus ojos, algo rasgados, conformaban la parte destacada de un rostro curtido por los vientos del desierto. Cuando llegó a un patio en el que había varios hombres realizando labores de limpieza, gritó:
—Omar, prepara mi caballo. ¡Rápido!
—En seguida, mi señor.
El hombre se perdió por una de las puertas del edificio y, tras un rato, salió vestido con ropa adecuada para cabalgar. Omar, estaba preparado sujetando las riendas de un hermoso caballo negro azabache. Montó de un salto, giró las riendas y salió del edificio. Cabalgo durante horas hasta que en horizonte divisó una gran edificación cerca de un oasis. El hombre traspasó la puerta sin reducir su velocidad y enfiló un camino que le llevó hasta otra puerta donde había unas caballerizas. Descabalgó casi sin detenerse y un sirviente le sujetó las riendas calmando al caballo.
—Dale de comer y beber. ¿Dónde está?
El hombre señaló con la cabeza hacia lo alto. Por una venta se asomaba la figura de alguien que levantó la mano en señal de saludo.
—¿Lo has visto? —gritó el recién llegado.
—Sí. Anda, sube.
El hombre subió con paso firme hasta llegar a una especie de estudio dominado por cañas de unos diez centímetros de diámetro. Sobre una mesa, distintas lentes ópticas, muy rudimentarias, forjadas con una base alquímica.
—¿Cómo estas, Ibrahim? —preguntó el señor de la casa.
—Muy nervioso, Yesar —sacó de su zurrón uno pergaminos y extendió uno de ellos sobre la mesa—. Fíjate, estos dos cuerpos celestes están en conjunción y la carta astral dice que están en la casa de Piscis. Es extraordinario.
Yesar se acariciaba su barba pensativo.
—Desde luego —dijo sin dejar de mirar la carta—. Júpiter es el rey de reyes, Saturno marca la justicia y Piscis…
—Piscis es el reflejo judío en el cielo —concluyó Ibrahim.
—Tenemos que decírselo a Kaspar —apuntó Yesar.
—Partamos ya —apuró Ibrahim.
—Hay una jornada de camino hasta su casa. Partamos mañana al amanecer —propuso Yesar.
Así lo hicieron. Al despuntar el nuevo día se pusieron en camino. Les acompañaba una comitiva de varios criados. Cabalgaron todo el día y al atardecer llegaron a la propiedad de Kaspar. Parecía una fortaleza. Rodeada de una muralla en la que, a lo alto, guerreros tuareg custodiaban la casa.
Entraron y enfilaron por el camino hasta llegar a las caballerizas; unos criados salieron apresuradamente y sujetaron las riendas de los caballos y camellos.
—Alimentadlos como reyes —se oyó una vos tras ellos. Ambos se volvieron reconociendo la voz de Kaspar.
Era un hombre alto, de tez morena. El pelo largo y ondulado caía sobre sus hombros. Sus ropas denotaban su alta alcurnia. Llego junto a los recién llegados y los abrazó efusivamente.
—Qué gozo veros —dijo sin dejar de abrazarlos—. No me digáis por qué estáis aquí; puedo adivinarlo.
—Lo imaginamos —replicó Ibrahim.
—Venid. Llegáis a tiempo para cenar.
Entraron entre risas y bromas.
—Refrescaros un poco y os espero para cenar. Espero que esta noche seáis mis huéspedes, será un honor para mí.
—El honor será nuestro amigo mío —replicó Yesar.
Una hora después se sentaban alrededor de una mesa repleta de comida. Un asado de cabrito dominaba el centro. Comieron y bebieron hasta saciarse. Al finalizar, Kaspar ordenó a sus criados que despejaran la mesa. Una vez limpia, invitó a Ibrahim a colocar su carta sobre la mesa.
—Estarás de acuerdo conmigo que este acontecimiento celestial tiene un mensaje codificado —indicó Ibrahim.
—Lo estoy —contestó Kaspar.
Ibrahim señaló un punto sobre la carta.
—He hecho los cálculos y el punto desde donde entra en conjunción en la constelación de piscis es este — Ibrahim miró a Kaspar—. Creo que un gran rey va a nacer en Nazaret.
—¿Nazaret? —se sorprendió Kaspar—. Es solo una aldea.
—Si Elías tenía razón —terció Yesar—, ese rey podría ser el anunciado Mesías.
Kaspar se acariciaba su barba pensativo. Miró a Ibrahim y preguntó:
—¿Estás seguro de esto?
—Nunca he estado más seguro de algo.
—Está bien —accedió—. ¿Qué propones?
—Propongo que partamos mañana a Nazaret.
—Pero es muy apresurado —dijo Yesar—. Tenemos que preparar una caravana. Podríamos pedirle ayuda a Kaled y Aamir; ellos conocen como nadie eso caminos.
—Muy bien —Kaspar hizo una seña a unos de sus criados y éste se aproximó a la mesa—. Que partan inmediatamente dos mensajeros a las tiendas de Kaled y Aamir y les digan que deben venir de inmediato con pertrechos para varios meses.
Tras una breve discusión sobre determinados asuntos, se retiraron a sus aposentos y descansaron durante la noche. Al día siguiente, la caravana, con todos sus componentes, salió en busca de una profecía que un día Elías desveló: el nacimiento de un ser excepcional; la fusión entre hombre y espíritu. Aquel que cambiaría las vidas de los hombres y mujeres, de los reyes y poderosos; el ser que llegó del cosmos.
La nave se detuvo encima de una casa solitaria en Nazaret, apartada del núcleo habitado y cerca de una elevación del terreno. Aparentemente, su brillo era como el de una estrella, por lo que pasaba desapercibida para la mayoría de pobladores. En el interior de la nave, una puerta se abrió y entró un hombre alto y rubio platino. La puerta se cerró tras él. Caminó hasta detenerse frente a un orbe que flotaba a escasos centímetros del suelo. En él, sentado en una silla formada por haces de luz azulada, un ser, también traslúcido, miró al hombre que tenía enfrente. Su cerebro era una masa de energía en la que se adivinaban dos hemisferios y, en su interior, infinidad de neuronas formadas por pequeños nudos, se trasladaban de un extremo a otro como una corriente electromagnética que conectaban con todas las zonas de aquel cuerpo sin formato definido. De pronto, el ser se revistió de una funda que cubrió con un manto oscuro, adquiriendo una forma humana. Con una mano tocó las paredes trasparentes del orbe y este se depositó en el suelo, momento el cual desapareció y pudo verse al ser sobre el suelo.
El hombre que había entrado inclinó la cabeza y dijo:
—Está todo preparado, Infinito.
—¿Cuántos bajaréis? —preguntó el Infinito.
—Rafael, Miguel y yo; además del grupo de grises especialistas.
—De acuerdo. Empezad.
El hombre se dirigió hacia la puerta cuando la voz del Infinito le llamó.
—Gabriel.
Gabriel se dio media vuelta.
—Dime, Infinito.
—Sed cuidadosos.
—Descuida, lo seremos.
Gabriel salió y se dirigió a otra estancia donde esperaban Miguel, Rafael y el grupo de grises.
—Rafael —dijo Gabriel—, los acontecimientos venideros nos indican de la presencia de seres de otro tiempo; también nos han informado de que una caravana de astrónomos alquimistas se dirige hacía aquí. Necesitamos a Vehuel. Ve a la Casa del Principado y despierta a los ángeles. Trae a Vehuel y los otros que estén atentos a mi llamada.
—Partiré de inmediato.
Rafael salió camino de la Casa del Principado.
—Muy bien, atentos —Gabriel dio dos palmadas en el aire—. Nos situaremos a la mínima altura que nos permita lanzar los rayos de contención y de esterilización. Miguel y yo bajaremos primero y cuando os avise, lo haréis vosotros. ¿Lo lleváis todo?
—Sí —afirmó Ruak, que era el jefe técnico de los grises—. No te preocupes, saldrá bien.
Gabriel asintió con una sonrisa. Miró a Miguel e inclinó la cabeza hacia un lado.
—Vamos, bajemos.
Con sus manos dibujaron un círculo en el aire y se abrieron dos portales: Entraron en ellos y antes de cerrarlos se volvió y miró a los grises.
—Esperad mi señal.
Ambos se desvanecieron.
Cerca de la casa, en lo alto de la loma elevada que había detrás, se volvieron a abrir dos portales por los que salieron. Pero algo había cambiado, ya no eran seres traslucido; vestían con unas ropas de la época: una túnica y, sobre ésta, un manto que escondía dos espadas forjadas en lo más profundo del cosmos. Solo ellos podían empuñarlas.
Telepáticamente se comunicaron con los grises.
—Lanzad el rayo de contención —ordenó Gabriel.
Tras unos segundos, de la nave salió un rayo que impactó en la casa. En un principio era de unos pocos metros de diámetros. Gabriel y Miguel bajaron y entraron en la casa. Dentro, una mujer cogía de la mano a un hombre, estaba embarazada. Al ver a Gabriel y Miguel se asustaron y la mujer se encogió entre los brazos del hombre.
—No te asustes María, hemos venido a ayudarte. ¿No te acuerdas de mí?
María lo miró fijamente.
—Tú. Tú eres que me dio la nueva.
—Así es. Y ahora estoy aquí para asegurarme de que todo salga bien —señaló a Miguel—. Este es Miguel, otro arcángel.
Miguel se comunicó con los grises.
—Ensanchad el rayo de contención y bajad el de esterilización.
El rayo de contención fue ensanchándose en su base hasta que la casa fue engullida por la luz. Después, otro rayo salió de la nave y penetró en la casa, se detuvo en el techo y la luz fue envolviendo las paredes hasta dejar un espacio seguro. Del techo se desprendieron cuatro esferas que se depositaron en el suelo; de ellas emergieron cuatro figuras de color gris. María al verlos se asustó. Miguel se acercó a ellas y le cogió la mano, la miró a los ojos y le dijo.
—No temas, pues nada te ocurrirá. Estos seres son aliados nuestros; están aquí para que tu hijo nazca sin que nada le ocurra.
María pareció calmarse.
—María, préstame atención —dijo Gabriel—. Estás a punto de dar a luz a un ser excepcional. Alguien que cambiará el mundo. ¿Estas preparada?
María asintió con la cabeza, sudorosa. Era el final del verano y seguía haciendo mucho calor.
—Recuéstate en el jergón —dijo Miguel—. Bajad la temperatura.
Los grises ajustaron la temperatura ordenando a los que se habían quedado en la nave que lo hicieran. María se levantó ayudada de su marido, que hasta ese momento había estado callado.
—Con cuidado —dijo el marido.
—José —dijo Gabriel—, no temas por tu esposa, ni por el hijo que lleva en sus entrañas. Toma sus manos y que te sienta en este momento tan especial.
—Tenemos dos hijos —dijo José—, ya tenemos algo de experiencia.
—Sí —dijo Gabriel—, pero este no es como los demás.
María se recostó y José tomó sus manos entre las suyas. Ella le miró con serenidad.
—Empecemos —indicó Gabriel mirando a los grises.
Uno de los grises se puso frente a María. Su cara ovalada albergaba unos grandes ojos llenos de compasión. Puso su mano sobre el vientre de María y tras unos segundos dijo a los demás:
—Ya viene, preparadla.
Cada uno de aquellos seres se movió con una celeridad increíble. Mientras uno introducía una vía, otro le ponía un gotero con una bolsa específica. Otro le calzaba los pies un artefacto que la obligaba a abrir las piernas para hacer más fácil el parto. Ruak se puso a sus pies y le levantó la túnica. Muy pronto, la cabeza del pequeño ser se dejó ver asomando por la vagina. Pero no era como los demás niños. Era un cuerpo traslúcido, pero con la particularidad que se podían vislumbrar su cerebro especial. Poco apoco fue saliendo del cuerpo de María, hasta que Ruak lo cogió por los pies y miró a los arcángeles. Ambos se aproximaron y, cerrando los ojos, soplaron en su carita. De inmediato, el pequeño fue adquiriendo un aspecto humano, su cara se definió y el resto de su cuerpo fue revestido con la piel de los hombres. Entonces, los arcángeles miraron hacia arriba y dijeron al unísono:
—Este es tu enviado, Infinito, dale el aliento de la vida.
En ese momento, pudo apreciarse diminutas partículas de color de oro bajando por un finísimo haz de luz que introdujeron por el condón umbilical que había sido cortado; el pequeño comenzó a llorar, como cualquier otro niño. El milagro se había consumado. Gabriel le cogió el niño a Ruak y se lo dio a la madre para que se cumpliera otra de las sincronías de los hombres, el contacto madre e hijo.
—Vosotros subiros, que disminuyan la potencia del haz de esterilización y que bajen la intensidad del de contención; que se quede a varios metros sobre el techo para indicar la ubicación — ordenó Gabriel a Ruak.
Los grises se elevaron y se desvanecieron en segundos. Al poco, la luz que envolvía el interior de la casa desapareció.
—Abramos las puertas para que corra el aire —sugirió Gabriel a Miguel.
Abrieron el gran portón de entrada a la casa y la ventana del lateral. El aire comenzó a correr y todos agradecieron la sensación de la frescura que proporcionaba la noche. Gabriel y Miguel se sorprendieron de la cantidad de curiosos que se había congregado en las proximidades. Su mirada se posó sobre tres hombres situados bajo una palmera, algo separados de los otros. Sabía quiénes eran, así que se dio la vuelta y se arrodilló junto a María.
—Debemos cumplir nuestra obra —dijo dulcemente—. No estáis solos, el infinito cuida de vosotros. No temáis por nada. Y tú —Gabriel levantó un dedo en señal de advertencia mirando al niño—, cuida de tu madre.
Se levantó y cogiendo a Miguel de un brazo lo apartó para decirle:
—En cuanto llegue Vehuel que envíe a los demás ángeles a dar la buena nueva. Todos deben conocer este acontecimiento.
—¿Tú que harás?
—Me reuniré con los astrónomos que viajan desde Persia. Debo aconsejarles de cómo deben realizar el conjuro a María y José; será difícil para unos padres criar a un ser como Emmanuel. Deben prepararlos.
Gabriel abandonó la casa y se dirigió a donde estaban los tres hombres que había visto antes. Éstos se pusieron nerviosos al verlo llegar. De pronto alguien se puso al lado de uno de ellos.
—Ha pasado mucho tiempo, Mario.
Mario le miró dando un respingo. Entonces el hombre se quitó el manto de la cabeza.
—¿Vehuel? ¿Eres tú?
—Claro que sí, amigo mío.
Ambos se abrazaron con efusividad.
—¿Recuerdas a Chris?
—Claro que sí. Me alegra verte —Vehuel se abrazó a Chris y miró por encima del hombro al otro hombre. Se separó de Chris sin dejar de mirarle.
—¿Recuerdas a?…
—Tomás… —interrumpió Vehuel atrayendo a Tomás hasta abrazarlo—. Veo que te has recuperado.
—Gracias a todos vosotros —sentenció Tomás con una sonrisa.
Gabriel había dejado que el reencuentro se produjese sin mediar palabra. Vehuel se dio cuenta y cogiendo a Mario de los hombros lo enfrentó a Gabriel.
—Este es Gabriel, uno de los seres más poderosos del cosmos y protegido del Infinito.
—Saludos Mario —estrecharon sus antebrazos—. Veo que has conseguido vincularte con Mehiel.
—Bueno —dijo Mario separándose un poco del arcángel—, ha costado, pero, después de mucha practica lo he conseguido; aunque Haniel ha tenido mucho que ver.
—No lo dudo. Acompañadme, os presentaré a Miguel.
Por el camino, Gabriel señaló a Rafael.
—Por cierto, este es Rafael.
Todos lo saludaron, a lo que Rafael correspondió con una sonrisa. Llegaron a la casa, Miguel saludó a Vehuel y miró a los demás.
—Estos son Mario, Chris y Tomás; Mario es guiado por Haniel y encarnado por Mehiel. Este es Miguel —presentó Gabriel.
Entraron, el impacto fue intenso para Mario, Chris y Tomás. Casi no podía creerlo. Frente a ellos estaban María, José y el recién nacido. Los tres cayeron al suelo arrodillados. Los arcángeles y Vehuel intercambiaron una mirada y una sonrisa de complicidad. Después de unos minutos se levantaron.
—Vamos fuera —propuso Gabriel.
—No lo entiendo —Mario estaba visiblemente confundido—, siempre nos han dicho que nació en Belén.
—Te dije muchas veces que no hagas caso de lo que dice la Biblia —le advirtió Vehuel—. ¿Para qué iban a ir a Belén si viven en Nazaret? Esta casa se la ha ofrecido un pariente de José que se ha marchado a Jerusalén. Además, aquí pasan más desapercibidos de posibles enemigos.
—Y… ¿Por qué iba a tener enemigos una familia humilde? —apuntó Chris.
—Esta tierra está llena de odio —intervino Gabriel—. Los judíos están divididos en tribus: Esenios, Saduceos, Fariseos y Zelotes, y todos se odian entre ellos.
—Entiendo —dijo Chris.
—He de realizar una misión —Gabriel se dirigió a Vehuel—, ¿Has avisado a los demás?
—Sí. Han ido a hacer lo que les encomendaste y después se reunirán con nosotros aquí.
—Bien. No os expongáis mucho. Os veo en unos días.
Gabriel desapareció tragado por la oscuridad.
—¿Van a venir Anael y los otros? —preguntó Mario entusiasmado.
—Así es. En cuanto acaben su cometido.
—¿En serio volveré a verlos?
Vehuel rió divertido.
—Tranquilo, los verás. Venid, sentémonos en esas rocas.
Caminaron hacía el lugar. Rafael y Miguel se les unieron.
—¿Cómo es que está aquí Tomás y no Sara? —preguntó Vehuel.
—Es una larga historia, después te la cuento. Ahora, quisiera preguntarte algo.
—Adelante —invitó Vehuel.
—Cuando estábamos introduciendo los parámetros al Bird, tanto el destino como la fecha estaban preconfigurados y no nos dio opción de cambiarlos. La fecha era cinco años antes y el lugar era este. ¿Tú lo sabías?
Vehuel miró a Mario con ternura y le dijo:
—La fecha que tú conoces no es exacta. Has llegado cinco años antes, en un mes de septiembre y, en lugar de Belén, ha sigo Nazaret el lugar al que has llegado. Entiendo tu confusión, pero, míralo por ti mismo. ¿Acaso me he equivocado?
—Pero en la Biblia se dice que Jesús nació en Belén. Tuvo que ir allí para regularizar el censo por orden de los romanos.
—Mario, Mario, escúchame —Vehuel le obligó a mirarle—. Los romanos eran inteligentes, les daba igual donde vivieran unos y otros; cobraban sus impuestos por delegaciones. Cada señor, o terrateniente como vosotros los llamáis.
—Entonces… ¿Todo lo que dice la Biblia es mentira? —apuntó Mario.
—Me enfurece abrirte los ojos, pero es así. No es que todo sea mentira, pero la mayor parte de ella ha sido manipulada a conveniencia. Es lo que tiene el ansiado poder.
—Pero, también dice —terció Chris—, que Herodes, cuando se enteró del nacimiento de este niño, mandó asesinar a la mayoría de niños. ¿También es mentira?
—¡Qué cosas tienes! Herodes nunca hizo eso, los romanos nunca lo hubieran permitido. Herodes lo que hizo fue deshacerse de todos aquellos herederos molestos, ya fueran niños, hombres o viejos. Aseguró su trono y el de sus herederos.
—Pero esto puede suponer, si se supiera, el final de la Iglesia —dijo Tomás con hilo de voz.
—Cuando se construye un templo sobre mentiras, lo más probable es que se desmorone —apuntó Rafael.
Quedaron en silencio contemplando, desde la distancia, la bella estampa de la casa sobre la que alumbraba un haz de luz. Miguel leyó se mente y dijo:
—Todo tiene una explicación, solo tienes que aceptarla. Veis, la estrella de Belén es nuestra nave, y si miráis al cielo, en su conjunto, jamás podréis admirar este espectáculo. Saturno y Júpiter se conjugarán dos veces en una semana. Es el idioma de los dioses.
—Voy a ver cómo está el bebé. Será mejor que descaséis. Hoy ha sido un día muy largo —añadió.
UN PASEO POR COMA
24 CAPÍTULOS
350 páginas
La segunda parte de la trilogía COMA, Jesús de Nazaret. Génesis de una Causa, narra los acontecimientos del nacimiento de Jesús en un contexto totalmente diferente a los textos bíblicos, fruto de una profunda investigación y de la lógica más coherente, analizados desde datos científicos más que de actos de fe subjetivos y sin fundamento.
Siguiendo la línea de la primera parte de COMA, el protagonista recibe la ayuda de los ángeles del principado, junto con los Guardianes del Cosmos, para trasladarse en el tiempo y conocer los métodos empleados durante el aprendizaje de Jesús de Nazaret; además de librar una dura batalla contra Amon, recuperado de sus heridas gracias a Ereshkigals, hermana oscura de Enki. Al contrario de lo que sucede en la primera parte, en esta ocasión, es en el mundo de Mario donde se dirimirá la contienda. El mal en estado impuro, contra un mundo indefenso.
Una vez más, el autor conduce a los personajes desde una perspectiva laica, fuera de los cantos de sirena de los elaborados pasajes bíblicos. Lejos de creencias absurdas que nos muestran a un Dios castigador con su rebaño y absuelto por hombres de doble moral. Al mismo tiempo, analiza el impacto de las distintas confesiones en los colectivos sociales dependientes. De ese contexto, se extraen distintas hipótesis que, al igual que en la primera parte, ofrecen una visión alternativa de los acontecimientos.
COMA es una novela de ficción que define una alternativa creíble y clara de la historia del hombre que vino al mundo para promulgar un mensaje callado, ocultado y difundido por el poder eclesiástico. Es una historia que ofrece verosimilitud teniendo en cuenta datos arqueológicos minuciosamente comprobados y, aunque no son determinantes, se acercan más a lo que verdaderamente ocurrió que a ese compendio de fábulas que es la Biblia.
FORMULARIO DE CONTACTO
